Microrrelatos
Señales.
Estaba ahí. Seguro, estaba ahí. Pidió el café de siempre y le puse la señal número sesenta y cuatro. El resto era cosa del destino. Me entretuve con un pedido para diez personas, y se esfumó. Pero mi memoria no podía fallarme en cuestión de minutos, ella estaba ahí.
—Ramiro.
—¿Qué?
—Llevas no sé qué tiempo mirando la misma mesa. ¿Estás bien?
—Sí, sí, estoy bien.
No me gustaba la curiosidad de Vania. Aunque encajamos como compañeros de turno, era incómodo el peso de su mirada.
Terminó el desayuno. Cada quien regresaba a su departamento y nosotros estaríamos vigilando la aparición de alguna mosca.
Me aturdí. Es difícil concentrarme cuando no la veo. El vaivén de su bata blanca entretiene mi imaginación. Parece que camina despacio… susurra algo solo para mí. Sonríe. Hasta que Vania dejó caer sobre la barra la palma de su mano.
—¡Ramiro!
—¿Qué quieres?
—Que regreses a la realidad. Llevas toda la mañana mirando la dichosa mesa. Está vacía. La cafetería está vacía.
—Déjame tranquilo.
—No quiero molestarte, pero se acerca la hora de almuerzo y tenemos mucho que hacer. Adelantemos algo.
—No puedo.
Pasaba el tiempo y yo congelaba los segundos de mi vida. Desde que abro los ojos pienso verla. Hoy fue la primera vez en sesenta y cuatro señales que no supe nada de ella. Necesitaba saber por qué se fue. Siempre que recibía el pedido me buscaba con la mirada sin saber que era yo. Sonreía. Abría la nota encabezada por un número y disfrutaba leer.
Me quité el delantal. Los ojos de mi compañera me decían a puñetazos que no debía irme. Era mi opción. Los ojos de mi alma pedían a gritos volver a verla.
Supe que Vania estuvo vociferando detrás de mí cuando me giré por instinto. Los ruidos se desvanecían. Mi mejor aliado era el silencio.
Llegué a la sala de espera. Leí los nombres de las consultas. No encontraba su especialidad. Desesperé. El mundo actuaba como si ella fuera un fantasma.
—Hola.
La voz de una mujer invadió la congoja que me estaba consumiendo. ¿Será ella? Relajé los músculos. Debía calmarme antes de hablarle por primera vez.
—Hola.
—Hola. —Respondí.
Fue una sorpresa. Aquella enfermera tenía ojos de cielo. Nunca vi nada igual. Adoré el color de su cabello recogido y sonreí al imaginarlo sobre los hombros. Se acomodó la cofia. Hizo un gesto tierno. Entonces sentí tanta vergüenza. Sentí tanto miedo. No era ella.
—¿Eres el chico de la cafetería?
—Sí.
—Jamás te había visto por aquí. ¿Te sientes bien? ¿Necesitas algo?
—La consulta de psicología.
Se volteó y señaló con el dedo hacia la derecha. Casi al final del pasillo logré leer el cartel del consultorio.
Me alejé sin despedirme. Aunque a mitad de trayectoria miré hacia atrás e hice un gesto. La enfermera reaccionó como si comprendiera. Avancé. Mis piernas controlaban los deseos de verla. El valor se burlaba de mí, yo abría la puerta. Segundos después descubrí que debía haber tocado. Por suerte, no hubo nadie para llamarme la atención.
El consultorio tenía su olor y el suspiro detrás de cada taza de café. Al menos eso pensé. Todo este tiempo planificaba las notas según dictó mi propio yo. Fue el consejo de un ginecólogo. Llegó una vez con ojeras agarradas de la cintura. Dijo que la mujer deseada perduraba en manos de una profunda verdad. Y no entendí. Me pareció cursi. Cambié deseada por amada, y profunda verdad por naturalidad. Por eso no hubo mañana en que faltara la señal en su desayuno. Después de leer, ella repetía la rutina de mirar en derredor. Hacía el esfuerzo por adivinar quién era el culpable de la curiosidad dibujada en su rostro. Yo, por mi parte, camuflajeaba el deseo de confesión entre ventas de cigarros, jugos, sándwiches, la calidad del café y los pedidos de Vania. Mi plan rechazaba la perfección pero…reflejaba quien soy. Tenía pensado delatarme en la señal número cien. Ese era el momento para descubrir mi iniciativa. Una aventura protagonizada solo por nosotros dos. Ella, que aún no tiene nombre porque no lo quiero saber, y yo, que vivo soñando con abrazarla dentro de su bata blanca.
Escuché voces. Me escondí en el armario. Pude mirar por la rendija de la madera, y lo vi. Era un hombre alto, de esos que esconde la personalidad en su profesión. ¿Sería su novio? No quise ser paranoico al pensar así, pero… ¿por qué entraba en su consulta con tanta confianza? Respiré. Las intenciones de salir a enfrentarlo estaban torturando mi interior. Me contuve.
—Siéntate.
Venía acompañado de otro que tenía pinta de psiquiátrico. Se acomodaron en sus respectivos asientos.
—¿Qué pasó? —Dijo el de psiquiatría.
—Nada. Cenamos y luego la dejé en su casa.
Hice de tripas corazón para alejar malos pensamientos de mi cabeza. Ya imaginaba a mi: “Ella” saliendo con ese imbécil.
—No te lo puedo creer, me dijiste que estaba derretida por ti.
—Resulta ser que me tiene demasiada admiración, pero de ahí a tener una relación conmigo, no, no se enreda con colegas.
—Eso sí es un cubo de agua fría.
—Me tiene loco, y no sé qué voy a hacer.
—Insiste. ¡Insiste amigo mío, de los cobardes no se ha escrito nada!
—Tienes razón. Mañana a primera hora me le voy a aparecer en el desayuno.
El cuerpo se me hizo un nudo. Sentí la sangre como ráfagas de electricidad. La piel me hincaba y el fuego en mi garganta exigía aire.
—¡No te le acerques ni un centímetro! —Dije.
—¿Y este loco de dónde salió?
—¿Qué haces en mi consultorio?
—Ella es mía.
Corrí. Nunca supe de dónde saqué fuerzas pero en un abrir y cerrar de ojos había llegado. Fui consciente de lo que hice minutos después.
—Ramiro, ¿dónde estabas? Yo sola no puedo con esto.
—Voy.
Mi cuerpo estaba adaptado así que respondí por inercia. Preparé los pedidos pendientes y el tumulto de personas desapareció.
Me dolía la cabeza, el estómago, las manos. Me dolía extrañarla y no saber por qué se fue. Los únicos días que me resignaba a no verla eran los fines de semana. Lógico.
—Ramiro.
—¿Qué quieres, Vania?
—¿Dónde estuviste?¿Qué tienes hoy?
—Nada. Ya te dije, estoy bien.
—Es extraño que te vayas, y más extraño que regreses como lo hiciste. Soy tu amiga. Cualquier problema que tengas, dímelo, te puedo ayudar.
Miré hacia la mesa. Ella siempre se sentaba ahí. Era el mejor ángulo para observar todos sus movimientos. Me mantuve en silencio y cambié la vista.
—Ya. ¿Cómo no me di cuenta antes?
—¿De qué?
—De que hoy tu Afrodita no desayunó aquí.
—No te burles.
—Estoy hablando en serio, de verdad.
—No sabes nada.
—Claro, porque no hablas conmigo. Es evidente que andas loco por ella. Conoces el minuto exacto en el que se va a sentar. ¡No! Y qué decir de los papelitos que le dejas debajo del café.
—¿Por qué me vigilas?
—Ramiro, eres un chico muy tímido pero ya deberías dar un paso más firme.
—Lo tengo todo planeado.
—Permiso.
No lo pude creer. Estaba frente a mí. Miraba mis ojos. Vania contuvo la sonrisa y se fue. Me sentí suspendido en el aire. Ella parecía preocupada.
—Discúlpame pero, necesito saber si estabas en mi consulta hace un rato.
—¿Cómo lo supiste?
—Mi colega te describió.
Bajé la cabeza.
—¿Es la primera vez que lo haces?
—¿Qué?
—Esconderte en mi consultorio.
—Yo…fue sin querer… te fuiste rápido y siempre terminas tu desayuno aquí.
—Tuve un imprevisto.
Sonreí. Ella hizo lo mismo. Abrió el bolso y me enseñó un montón de notas. Las reconocí. Estaban ordenadas numéricamente.
—Creí que no te atreverías a hablarme ni en la señal número cien.
Volví a sonreír.
—¿Cómo te llamas?
—Ramiro… ¿Y tú? – Tragué en seco.
—Ainhoa.


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